Es viernes.
Mis hijas quedaron de ir a comer juntas. Se organizan solas. Se acompañan entre ellas. Y yo me quedo en casa con mi esposo, con planes sencillos: salir a cenar y platicar de la semana que termina.

Hace algunos años, los viernes eran otra cosa. Eran logística, pendientes, traslados, horarios cruzados. Hoy son distintos. No mejores ni peores. Distintos.

Me doy cuenta de que esta etapa también tiene su belleza. Ya no soy el centro operativo de todo. Ya no me necesitan de la misma forma. Y lejos de sentir vacío, siento espacio.

Espacio para conversar sin prisas.
Para preguntarnos cómo nos fue.
Para recordar que antes de ser padres, éramos pareja.

Cerrar la semana no es solo revisar pendientes. Es preguntarnos qué fue lo mejor que nos pasó. Qué queremos hacer diferente la próxima. Qué estamos construyendo ahora que la casa empieza a cambiar de ritmo.

Hay algo muy sereno en esta etapa. No es ruido. No es urgencia. Es conciencia.

Y quizá eso también sea parte del movimiento.

¿Cómo cierras tú tus semanas?

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