He escuchado muchas veces que cuando los hijos se van de casa llega la tristeza.
Que el silencio pesa.
Que la casa se siente distinta.
Que una parte de ti se queda esperando.
Pero si soy honesta… a mí también me emociona.
Me emociona que mis hijas hayan crecido.
Me emociona saber que ya pueden decidir.
Que ya no dependen de mí para todo.
Que hice mi trabajo con amor.
Y algo cambió.
Ahora ya no solo soy su mamá.
Ahora también son mis compañeras.
Mi equipo.
Mi copiloto.
Mis amigas.
Conversamos distinto.
Nos entendemos desde otro lugar.
Me cuentan sus ideas, yo les cuento las mías.
Ya no las llevo de la mano… caminamos juntas.
Me emociona pensar que puedo ir al gym sin estar mirando el reloj.
Que puedo escaparme un fin de semana sin organizar horarios.
Que puedo quedarme conversando sin sentir prisa.
No es que no las extrañe.
Es que ahora nos necesitamos de otra manera.
He sido hija.
He sido esposa.
He sido madre.
Y entre una cosa y otra… fui mujer, pero muchas veces en segundo plano.
Ahora que empiezo a tener más espacio,
me descubro redescubriéndome.
Sin prisa.
Sin ruido.
Sin obligación.
Soy afortunada.
Si un día soy abuelita, sé que lo disfrutaré muchísimo.
Pero hoy disfruto esta etapa.
Esta etapa donde ellas vuelan
y yo también empiezo a abrir mis alas.
Tal vez crecer no solo es ver crecer a los hijos.
Tal vez crecer también es volver a mirarnos a nosotras con cariño.
Y eso… también es amor.
tu como vives esta etapa?
— Lluvia de Abril
